Despedida

Si te has fijado en esta nota, te habrás dado cuenta de que no son las típicas instrucciones que suelo dejarte cuando me voy uno o dos días de viaje. No te voy a recordar que saques la basura, que des de comer al gato o que llames para reservar o confirmar algo. A partir de ahora tendrás que hacerlo tú sin recordatorio alguno. No dudo en que podrás o así lo espero, al menos por el gato.

Te resultará raro los primeros días y, quizás, lo vivirás con alivio. Te dejaré tomar tu café tranquilo, sin pedirte que no abras un nuevo cartón de leche porque ya hay uno abierto en la nevera. Tampoco comentaré que tienes una mancha en la camisa o que la corbata no te pega con el traje que llevas. Alguna vez echarás de menos mi ayuda, cuando no encuentres la mantequilla en el frigorífico, los calcetines en el cajón o tu teléfono cuando estás listo para salir.

Para mí también va a ser un gran cambio. Estoy a punto de irme, pero la larga lista de cosas en las que pienso cada mañana parasita mi cerebro. Te preguntarás qué lista. Siempre he dosificado la información que te daba. De las cinco o seis cosas que debo acordarme decirte cada día, no oyes nunca más de dos seguidas. Elegir las que te digo y en qué momento es esencial para que las hagas. Te saturas muy rápido.

A menudo, cuando te recuerdo dos cosas de las que debes ocuparte, termino repitiendo la primera por miedo a que tu atención se haya volcado en la segunda, dejando la primera en ese lugar remoto en que la encuentras cuando te pregunto si te has acordado. Entonces me respondes «Ah, sí, los escalopes», antes de contestarme si no puedo hacer simplemente una tortilla, que ya comimos carne ayer.

Al cabo de los años me he dado cuenta de que no merece la pena recordarte la cita con la dentista una semana antes o lo que hay que comprar en el supermercado poco antes de ir a dormir. Ahora estudio al milímetro la situación antes de decidir cuál es el momento idóneo. Así, te recuerdo que hay que bajar la basura cuando te levantas del sofá a por una bebida del frigorífico o te mando un mensaje con el ingrediente que me falta cuando sé que estás saliendo del trabajo para volver a casa.

Me pregunto cuántos días tendrán que pasar para que toda esa carga mental que acarreo desde hace tanto tiempo desaparezca. Quizás tarde bastante. ¿No dicen que el ser humano es un animal de costumbres? Debe ser difícil abandonar viejos hábitos, aunque en tu caso no parece que los hábitos se instalen fácilmente. Llevo años obligándote, después de la ducha, a echar la ropa sucia en el cesto y sigues dejándola esparcida por el suelo del cuarto de baño. En mi caso, sin embargo, sé que me llevará días desprogramar mi cerebro. Tengo curiosidad por descubrir todo lo que podré hacer con él cuando no lo sobrecargue con información banal. Nunca te lo he dicho, pero lo que más me gustaría es poder dejar la mente en blanco sin que cien ideas por segundo interrumpan un más que necesitado descanso.

Tan necesitado y, aun así, he tardado bastante tiempo en tomar la decisión de irme. Reconozco que me ha costado reunir el coraje y admito, por qué no decirlo ahora que puedo por fin sincerarme, pues, eso, admito que lo que más me ha echado para tras es la culpabilidad. He terminado convenciéndome de que eres capaz de ocuparte solo de todo eso en lo que ahora te guio de la mano. Si no, me temo que te costará algún que otro disgusto, pero a la larga creo poder decir que es por tu bien.

Bueno, una vez todo dicho, no hay vuelta atrás. Me marcho y esta vez, aunque tu no seas consciente de que ha habido otras veces, es la definitiva. No tiene sentido demorar más el momento. Está decidido y más que decidido, así que no me llames. De todas maneras, no responderé a tus llamadas. Acepta que te has quedado solo y que, por primera vez en tu vida, te las tienes que arreglar por ti mismo.

P.D. Volveré el martes. Y, por favor, no te olvides del gato.

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