La maestra

Parece ser que la llamaba “mamá”. Quizás fuera porque así la sintiera cuando me ayudaba a poner el babi, guiaba mi pequeña mano sobre el papel o admiraba mis trabajos como si fueran obras de arte. Quizás fuera porque no hacía tanto que yo había dejado atrás esa edad en la que todas las mujeres que ves son “una mamá”. Más tarde la llamaría siempre “seño”. Cuando la veía por la calle gritaba excitada: “Mira mamá, mi seño”. Al principio mi madre respondía: “Vamos a acercarnos a saludar a la Señorita Carmen” y me llevaba de la mano hasta ella. Doña Carmen siempre me recibía con una sonrisa, me preguntaba cómo estaba, dónde iba y escuchaba con atención mi respuesta a menudo confusa, pues en aquel entonces cuanto más quería decir, menos claras eran las frases que salían de mi boca. Con el tiempo, mi alegría por encontrármela no disminuyó pero, entonces, mi madre me decía “salúdala con la mano” o “ah, sí, es ella” pero sin desviarse del camino que llevábamos.

Intento recordar detalles de aquella época y apenas me acuerdo de en qué parte del colegio estaba su clase. Lo curioso es que recuerdo pequeñas cosas de ella, gestos, palabras cuyos contornos se difuminan en mi memoria pero que de alguna manera me marcaron. Recuerdo, por ejemplo, que me dejaba sentarme al lado de Esmeralda, a quien yo tenía admiración, aunque por más que lo pienso no entiendo el porqué. Tan solo sé que me fascinaba su nombre. Un nombre largo y melodioso, distinto al de las demás que solíamos llevar un “María” delante o detrás: Eva María, María Isabel, María del Mar… Esmeralda, sin embargo, había escapado a aquella tradición y eso la hacía exótica a mis ojos. Es, sin embargo, lo único que recuerdo de aquella compañera de clase pues, su imagen, me llega distorsionada por cuentos de hadas y dibujos animados. Por mucho que me concentre, la única que veo al cerrar los ojos es una chica de melena pelirroja ondulada con grandes ojos color verde oscuro.

Lo que si recuerdo con más nitidez son las manos de Doña Carmen. Esas manos blanquísimas, de largos dedos que me ayudaban a coger bien el lápiz. Recuerdo su tacto suave, un discreto olor floral y la paciencia del gesto. También siento el cariño que emanaba de ella, como no sea que el mío hacia ella cubra generosamente todos mis recuerdos de aquella época. En ellos, no la veo enfadada, ni gritando, ni quejándose, aunque desde entonces sé, por propia experiencia, que cuando se pasa tiempo con niños, es inevitable. Por mucho que te gusten, por mucho que sean los tuyos propios, en un momento u otro, se pierde la paciencia. De ella, sin embargo, no quedan en mi memoria tales escenas. ¿Sería su dedicación, su cariño tan auténticos que han borrado en mí cualquier indicio de decepción?

Muchas veces, ya de adulta, me he preguntado por qué nunca tuvo hijos. Quizás ahora, sin la obligación de casarse, le hubiera resultado más fácil tener en su vida, fuera del colegio, niños a los que dedicar su amor. A nosotros nos veía llegar y alejarnos conforme seguíamos nuestra trayectoria escolar. Desaparecíamos de su vida gradualmente y solo éramos capaces de devolverle una ínfima parte de lo que ella nos había dado con esos saludos torpes en la calle en los que, por lo menos yo, nunca fui capaz de decirle todo lo que ella había significado para mí. Debería, al menos, haberle dado las gracias en algunas de las ocasiones en las que me la he cruzado por el barrio. Más allá de los saludos y las preguntas banales sobre el tiempo, debería haberme interesado más por su salud, por cómo estaba. Pero ella seguía llevando las riendas de la conversación y me seguía haciendo preguntas, como cuando era pequeña, para que le contara cómo estaba mi familia, cómo me iba en el trabajo, qué planes tenía.

He pensado en ella a menudo desde que empezó el confinamiento. Me preguntaba si alguien le ayudaría con las compras y demás tareas, si encontraría tiempo para hacerlo todo, ella sola, ahora que el aislamiento nos ha obligado a ser más autosuficientes. Para lo que sí encontraba tiempo era para hacer trabajos manuales que luego exponía en su ventana. Ella también quería contribuir, a su manera, sin vídeos ni animaciones digitales, con ideas para que los pequeños se entretuvieran en casa. Eran cosas simples. Un collage con retales, un paisaje con botones de colores, una marioneta articulada como la que hacíamos en su clase con trozos de cartulina recortados, uniendo los miembros con tachuelas doradas. Todo los días convertía los cristales de su ventana en un escaparate de manualidades al alcance de los más pequeños. Ella, toda una vida rodeada de párvulos, debía entender lo difícil que es la situación para ellos.

Más de una vez he pensado en intentar conseguir su número de teléfono, para llamarla y ver cómo estaba, para desearle ánimos, pero no lo he hecho. Ahora hace diez días que no ha pegado una nueva manualidad en su ventana y siento que su mano ya nunca más guiará la mía. Así que, aunque se tarde, quiero decirte: «Gracias».

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3 thoughts on “La maestra”

  1. Un relato muy bonito, al recordar la figura de una maestra cuando te haces mayor.Felicidades.

  2. Doña Cabe, Doña Conchita, Doña Ana que nos enseñaba la importancia de la higiene ….. despiertas mis recuerdos y no hay en mi memoria ni un mal gesto de las muchas horas que dedicaron a mi educación, sólo agradecimiento por tanto cariño recibido
    Precioso relato, que nos recuerda de dónde venimos, que un día una mano bondadosa acarició nuestro inocente corazoncito de párvulo y que se desvanece con el tiempo hasta q alguien te devuelve la mirada a lo importante
    Gracias

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